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“EL SHOW BUSINESS DE NOROÑA”

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Por: Víctor Bravo Piña

“Si quieres conocer a alguien, dale poder”, decía Confucio. Y qué razón tenía. El poder, más que transformar, desnuda la esencia de quien lo ejerce. Hoy, Gerardo Fernández Noroña, aquel con quien alguna vez compartí causas y convicciones, se exhibe en la máxima tribuna del país no como un representante de la izquierda digna, sino como un protagonista de espectáculo barato.

La escena reciente con Alejandro “Alito” Moreno lo confirma. Convertir el Senado en un ring de golpes, empujones y amenazas no solo degrada la política; exhibe la miseria de un sistema donde la testosterona pretende sustituir al argumento. Lo vimos todos: la tribuna, que debería ser espacio de ideas y debate, terminó reducida a un show que buscaba reflectores antes que soluciones.

Lo más preocupante es que Noroña, en su papel de víctima, olvida que él mismo ha abonado al mismo circo que critica. Con discursos incendiarios, insultos al adversario y un doble lenguaje que presume austeridad mientras se le señalan privilegios, ha contribuido a que la política se convierta en un espectáculo de contradicciones. La máscara de luchador social se ha resquebrajado y lo que queda es un hombre aferrado a privilegios, incapaz de reconocer que traicionó los principios de quienes alguna vez creímos en él.

Pero no se trata solo de un individuo. Lo que vimos es un síntoma del deterioro de la vida pública: legisladores que confunden representación con protagonismo, partidos que solapan excesos, y una ciudadanía que, entre la decepción y el hartazgo, observa cómo se normaliza la violencia en el lugar donde deberían construirse consensos.

Nos queda la lección: no basta con escuchar discursos encendidos ni con aplaudir desplantes que aparentan valentía. Hay que mirar más profundo, porque quienes hoy se presentan como paladines de la justicia, mañana pueden ser los mismos que se venden por un espacio de poder o un beneficio personal.

El episodio entre Noroña y Alito no es anécdota aislada, sino reflejo de un nivel político que, salvo honrosas excepciones, se empeña en alejarnos del ideal de un Congreso como casa de la República. De nosotros depende dejar de consumir este show business de la política y exigir, de una vez por todas, representantes que comprendan que la tribuna no es escenario de circo, sino templo de la democracia.

¡¡Hasta la próxima!!
VBP

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Opinión

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