Por: Víctor Bravo Piña
Queremos una sociedad más justa, más humana y más solidaria, pero no siempre estamos dispuestos a dar lo que exigimos. Anhelamos amor al prójimo, pero convivimos con un mundo que nos empuja al egoísmo, a la indiferencia y a mirar solo por lo nuestro.
Anteriormente hablamos de la necesidad de trabajar de manera colectiva y de construir, entre todos, esa utopía que solo será posible cuando cada persona haga su parte. Sin embargo, la realidad nos confronta a diario: el individualismo gobierna, y el bien común suele perder frente a la conveniencia personal.
Cuando estoy frente a un grupo, tratando de resolver un problema común, me gusta poner el ejemplo de las filas. Porque ahí —sin discursos, sin máscaras y sin poses— se refleja la verdadera naturaleza humana.
Está la fila de quienes critican, la más larga. Ahí abundan quienes observan, señalan y descalifican convencidos de que el mundo se arregla desde la queja. Criticar es sencillo porque no exige compromiso, ni empatía, ni esfuerzo. Pero la crítica sin acción no transforma nada; solo desgasta y divide.
Después viene la fila de quienes juzgan. La de los que condenan con rapidez, opinan sin comprender y lanzan sentencias sobre vidas que no conocen. Juzgar es cómodo: evita involucrarse, impide sentir y alimenta la falsa idea de superioridad moral. Sin embargo, esta fila casi nunca construye; solo añade dolor.
Existe también otra fila, quizá la más dolorosa: la fila de la indiferencia. La de quienes, pudiendo mirar, acompañar o tender la mano, eligen no ver. La indiferencia hiere más que la crítica y más que el juicio, porque abandona. Es la fila del silencio cómodo, del “no me meto”, del “no es asunto mío”. Nada destruye tanto el tejido humano como la ausencia deliberada del corazón.
Y, finalmente, está la cuarta fila: la más pequeña y la más valiosa. La de quienes ayudan movidos por sus principios, no por los reflectores. La de los que se desprenden de algo propio —tiempo, escucha, abrazos, recursos o compañía— para aliviar la carga del otro, aun cuando nadie aplauda e incluso cuando reciban críticas por hacerlo. No lo hacen por apariencia, sino por convicción y valores; porque saben que compartir no es dar lo que sobra, sino dar lo que significa. En ese camino —a veces solitario, siempre desafiante— descansa la verdadera dignidad humana.
A esta fila le pertenece el porvenir. Porque solo desde la empatía, la generosidad y la compasión se levantan sociedades fuertes, puentes duraderos y comunidades capaces de sostenerse unas a otras. La utopía no se alcanza proclamándola, sino practicándola: un gesto, una decisión, una mano extendida a la vez.
Las filas están ahí. Todos los días. En todos los espacios.
Ante las necesidades de tu entorno… ¿en qué fila decides formarte?
VBP





