Por: Víctor J. Bravo Piña
En 1977, Jesús Reyes Heroles impulsó una reforma que sentó las bases del pluripartidismo efectivo en México. Aquella reforma permitió el registro de partidos hasta entonces proscritos, abrió la puerta a la representación proporcional y buscó equilibrar el poder en el Congreso. Casi medio siglo después, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha presentado una nueva reforma electoral que pretende modificar aspectos clave del sistema político. Y, como era de esperarse, el debate público se ha polarizado entre quienes la ven como un avance democrático y quienes la perciben como un retroceso…
¿Pero en qué consiste esta propuesta de reforma que encabeza el también reconocido dirigente de izquierda Pablo Gómez?
Reducción del número de consejeros del INE y posibilidad de que estos sean elegidos por voto popular.
Recorte al presupuesto del instituto y de los partidos políticos, lo que, según estimaciones oficiales, implicaría un ahorro significativo y pondría en una encrucijada a sus dirigentes.
Disminución del gasto electoral, cuyo último registro superó los 800 mil millones de pesos con cargo al erario.
Reducción de diputados plurinominales de 500 a 300, con listas conformadas por los más votados, lo que terminaría con las posiciones aseguradas para líderes partidistas y los obligaría a hacer campaña para acceder al cargo.
Esto, en términos generales, suena interesante, pero lo que no termino de entender es la composición unilateral de la famosa comisión, ya que cierra el paso a voces disidentes y obstruye, de tajo, el carácter democrático de una reforma que, por naturaleza, debería ser incluyente y plural.
En fin, estaremos atentos al rumbo que tome este interesante tema y hagamos votos para que el resultado robustezca la vida democrática de este país y abra paso a las oportunidades de participación ciudadana.
La historia nos recuerda que las reformas más duraderas y legítimas son aquellas que nacen del diálogo entre distintas corrientes. Sin participación amplia y sin espacios reales para el disenso, la pregunta inevitable es si estamos frente a una transformación que fortalecerá nuestra democracia o ante un rediseño que concentra poder.
Queda en manos de los legisladores y, sobre todo, de la ciudadanía, vigilar el proceso y exigir transparencia. Al final, más allá de colores y simpatías, lo que está en juego es la calidad de nuestra vida democrática.
¡Que tengan excelente semana!
VBP





