#LaPeorMamá Lo que descubrí saliendo de antro a mis treinta y tantos

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Por Claudia Ma. García Reyes Herrera (@plausi1)

Nunca he sido muy antrera. Bueno nunca fui. La verdad es que mis papás, muy responsablemente, no me dejaron salir de antro hasta que no tuve 18. Hoy digo responsablemente. “En mis tiempos” era terrible, porque muchos de mis amigos y amigas se iban de antro desde los 16, así que en ese entonces me caían fatal por no dejarme salir.

Para cuando empecé a ir me di cuenta de que tampoco era mi mayor fascinación. Y es que eso de que me quiten mi espacio vital no me encanta. Sin sumarle aquello de rogarle a un gorilón en la entrada para que te deje pasar. O pagar mil ocho mil pesos para que te den una mesa. Pero tampoco puedo negar que las veces que fui me la pasé padrísimo.

Pues resulta que viene mi hermano a visitarnos y nos dice:

  • Conseguí entrada y mesa para un antro de súper moda, ¡vamos!

Antes de que yo dijera “es que mis hijos…”

  • Ya les dije a mis papás que se queden con los niños y dijeron que sÍ.

Ni cómo decir que no.

  • La reservación es a las 11.

¡O sea, a las 11 yo ya estoy dormida!

Pues bueno, decidimos ir. Gratis hasta las puñaladas, decía un amigo mío.

Total, invité también a una amiga y su marido, así que nos lanzamos al antro de moda.

Cuando llegamos al lugar, no les puedo decir la cantidad de chamacos que había. SÍ, chamacos. Suponiendo que todos fueran mayores de edad, lo cual dudo, les llevo ya casi 20 años. ¡Unos bebés! que claro, se sentían dueños del universo. 

De entrada, mi outfit estaba completamente fuera de lugar, pero la verdad no tengo ropa de antro. Cero mini micro vestidos en mi closet. Yo iba de jeans, una blusa súper X y botas, y llevaba un abrigo porque hacía frío. Y las chavas, jóvenes y bellas, con mini vestidos o shorts, y yo de verlas me congelaba y pensaba “niña tápate, te va a hacer daño”.

Pues llegamos a la gran bola que había afuera pensando cuánto tiempo íbamos a tener que esperar y hasta viendo si no, a donde irnos. La verdad, creo que todo mundo nos veía como bichos raros, yo al menos sí me sentía rara. Siento que entre los chivatos se decían, porque yo lo hubiera dicho:

  • Fulanito ¿por qué trajiste a tu mamá?

Y sí podríamos haber sido sus mamás. De hecho, el hijo de mi amiga suele ir a ese antro. Por suerte ese día no fue.

En menos de 5 minutos ya nos habían llamado para pasar. O sea, sí llevábamos buena palanca. Y allá vamos, metiéndonos entre todos los chamacos que le gritaban a no sé quien y estaban esperando para entrar. Más raro y feo nos vieron cuando pasamos así nada más, abriéndonos paso el gerente del lugar. Y así, entre empujones y con permisos llegamos a nuestra mesa, la cual obviamente estaba invadida por los de la mesa de junto, así que los movieron; cosa que no les pareció demasiado.

Apenas nos sentamos empecé a sentirme tan, pero tan fuera de lugar, que ganas no me faltaban de salirme. Pero dije “ya estoy aquí, vamos a disfrutar”. En eso: fuera luces, estrobos y luces neón, mil de hielo seco y….. punchis punchis. En mi cabeza sonó “and dance with the Devil” pero el rey azteca del Palladium nunca apareció. Díganme por favor que conocen al Rey Azteca del Palladium, y si no, búsquenlo para que vean de qué hablo, así abrían pista en aquel antro acapulqueño. Total, solo se quedó el punchis punchis, que ahora que lo pienso es otra de las razones por las que no me gustan los antros. Lo bueno es que no duró demasiado tiempo, luego vino el reggaetón, y miren que no me encanta, pero ya poniéndolo en perspectiva prefiero el reggaetón que el punchis punchis. Y la neta sí me sé varias canciones, así que mínimo ese lo puedo cantar.

La música fue y vino, el DJ era medio bipolar y así como ponía una cosa ponía otra y pasamos por mil géneros y artistas diferentes. Obvio mi momento fue cuando puso Será que no me amas, de mi amado Luismi.

Hubo un momento que aún no sé cómo definir, por ejemplo:

Sale en las pantallas un video de nuestro actual presidente hablando sobre el desabasto de gasolina. Entre una palabra y otra suena punchis punchis y termina con un “No hay desabasto-to-to-to to to to to to”, ustedes pónganle ritmo. En eso salen unos chavos, supongo meseros del lugar, con unos botes que se usan para poner gasolina llenos de algo bebible, con un embudo del cual salían unas 6 mangueras con llaves al final. Así fueron pasando de mesa en mesa al ritmo de “Dame más gasolina…” para que la gente bebiera. ¡El antro se volvió loco! En verdad no supe si reír o llorar. Bueno, sí, sí me reí.

Quiero decirles que la pasé bomba. Una vez que decidí disfrutar, disfruté y mucho. Jijiji por aquí jajaja por allá. Bailando y brincando con mi marido y los demás. Pero la verdad, too much para mí.

En algún momento los bailes se vuelven menos baile y más… caricias. En algún momento empiezas a ver desfiguros por parte de los asistentes. Y las cosas empiezan a ponerse en tu cabeza ya no en pasado; cuando yo iba de antro, sino en futuro: cuando mis hijos vayan de antro. Y ¡ah canijo! Qué diferente se ve el panorama.

A las 2:30 de la mañana el asunto se termina y te sacan. Literalmente sacan a todos a la calle como ganado saliendo de su corral, y lo que sucede es inevitable: unos empujan a otros. Los de allá ya se andan peleando con los de acá. Demasiada gente con tragos encima como para que todo vaya en paz.

Vi una chava a la cual sacaron cargando medio desmayada y me partió el alma.

Creo que lo mío son los antros de rucos como yo, donde solo tocan música de mis épocas, que puedo cantar a todo pulmón, o los bares, las carnes asadas y reuniones en las casas.

Lo que sí puedo decirles es que fue una noche llena de revelaciones, sobre todo del tipo “mis papás tenían razón” y de conclusiones como “mis hijos jamás irán de antro”. ¡JA! Yo juro…

Gracias por leer.

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